domingo, 1 de octubre de 2017

Los otros clásicos, de José Ramón Fernández de Cano

(La Discreta acaba de publicar Los otros clásicos, de José Ramón Fernández de Cano, muchas de cuyas entradas han sido motivo de aplauso y cálida acogida en las páginas de este blog. El libro ya está en la calle y, además de en las librerías, pronto podrá ser comprado on line a través de la página web de la editorial: www.ladiscreta.com)


La feliz antología de José Ramón Fernández de Cano, que él califica como acto de amor, es también un acto de justicia. En el Siglo de Oro español brilló una inmensa constelación de poetas. Su mayor parte no solo sufrió el eclipse a causa de los astros más grandes y cegadores, sino que se ha olvidado después, o se ha denigrado como caterva grotesca de mediocres o de infelices, cuando no de parásitos. El Siglo de Oro es como un iceberg poético, del cual vemos tan solo una mínima parte, esa de Góngora, Quevedo, Cervantes, Fray Luis, San Juan de la Cruz, Lope de Vega y otro puñado de excelencias literarias. La otra parte, inmensa, permanece fuera de la luz, oscura y sumergida. Más que hablar de una generación perdida, cabe hablar de una verdadera constelación perdida […]. José Ramón Fernández de Cano ha querido además ofrecer alguna noticia sucinta de cada poeta rescatado. Desfilan entre el centenar un judaizante relapso, un embajador arruinado, una dama resuelta, un catedrático negro, un abad vihuelista, un militar arqueólogo, una monja curiosa, un niño prodigio, un antequerano desconocido, un mediterráneo rayo de la guerra, varios canónigos disolutos, militares gotosos, cortesanos indigentes, iluminados novohispanos y novogranadinos, médicos adeptos a las musas, culteranos tardíos y extremados, grandes de España preteridos, genios anónimos todos, fascinantes en sus personas como en sus versos; y poetas olvidados todos, por supuesto, en esta España siempre caprichosa, ingrata, rica y derrochadora de ingenios esclarecidos.
(Dativo Donate, “Epílogo”)

Nuestro antólogo se entrega al propósito legítimo de enmendar la plana al canon áureo, y lo consigue mediante el rescate de poetas “preteridos, ignorados y ninguneados”, acción tan rayana en el alarde como harto pertinente en estos tiempos ágrafos en los que los discretos nos empeñamos en seguir naufragando con paladina constancia. Rescate, además, reivindicativo, en el que Fernández de Cano y Martín discrepa con otros especialistas, amparado en una autoridad difícilmente contestable y dejando claro que el goce de la poesía, como todos los goces, solo es posible si es rigurosamente personal en los criterios y en los gustos, y que no cabe la pontificación (ni sacralizante ni demonizante) a la hora de condicionar las lecturas ni de cincelar los cánones […]. El lector amante de la poesía, especialista o no, vibrará con los versos y las peripecias vitales, gozosas y doloridas, de hombres y mujeres que vivieron un tiempo irrepetible, labrado a medias entre la pasión y el artificio, en donde el cultivo de la poesía era el resultado de una formación rigurosa y de un espíritu elevado.
(Santiago López Navia, “Prólogo”)

En breve, verás deambular por estas páginas un tropel de poetas y poetisas de toda laya, cada cual con su estilo propio y su peculiar andanza a cuestas: poetas sacerdotes, poetas profesores y poetas juristas, entreverados con poetas hampones, poetas soldados y poetas aventureros; autores exquisitos o chocarreros, y autoras prestigiosas o enigmáticas; bardos acaudalados y vates paupérrimos… Aquí, un malogrado escritor muerto en su cama, rodeado de amigos, cuando estaba festejando su supuesta sanación; allá, un deslenguado poeta ajusticiado en la horca; acullá, un infortunado autor asesinado a cuchilladas en casa de unos amigos. Y alrededor, o en medio, o a la postre (porque enseguida descubrirás, escamado lector, que en esta enloquecida zarabanda barroca el tiempo y el espacio se me han ido diluyendo, sometidos a los fueros establecidos por mis bríos y a las premáticas dictadas por mi voluntad), una disputa entre poetas convecinos que da con todos ellos en la cárcel; o un negro que pasa de ser esclavo a maestro de Gramática; o un joven seductor que cree toparse con la muerte al desvelar el rostro de la mujer a la que acosa; o un religioso que no estima irreverente el celebrar en un soneto no ya los pechos de la Virgen, sino la leche que mana de ellos; o un vulgo convencido de que la peste declarada en Milán la han provocado, envenenando sus cisternas, unos esbirros a sueldo del rey de Francia… Lances, ideas, figuras, escenarios y esquemas mentales que, en su conjunto (y a pesar del caos asumido –y aun diré que revoltosamente buscado– como tributo debido a la época), acaban configurando, a lo que creo, un magnífico retablo de las formas de vida y la mentalidad de los hombres de los siglos XVI y XVII.

(José Ramón Fernández de Cano y Martín, “Epístola al lector”)

lunes, 21 de agosto de 2017

Ocios de (este) estío (3). Quintillas de una afamada noche


  
A lo que añade el Conde:






   Un tanto ebrio vuelvo de mis ocios nocherniegos, que no son horas ni fechas para andar sereno por una Villa y Corte lacerada por las flamas del estío. Mas llego gozoso porque he escuchado en una taberna nuevas coplas, y por mi santiguada que son ciertas, pues siguen al punto la historia donde la dejó Vuesarced, don Ferrán. Leedlas y decidme (aunque no respondo de su traslado fiel, ya que, como Neruda, confieso que he bebido).

Cierto es que no fue en la ignota

Jauja, y tampoco en Pekín;

pero en la Tercia de Mota

la voz que Santiago explota

sonó a chino mandarín.


Y en medio de aquel trajín

(y viendo que se alborota

el alcalde calvorota),

Dativo, a Santiago afín,

viró al bando de la bota.

¡Y se aplicó tan ruïn

al néctar que de allí brota,

que aquella noche sin fin

Pedro lo halló en San Martín

roncando como marmota!


   Da continuación el de Calatrava:






   En la cantina donde suelo tomar el vermú (de Reus, nunca italiano, y siempre de barril) andaban cantando unas coplas, las cuales conocí enseguida que eran quintillas. Arrimé la oreja y oí que repetían punto por punto las que aquí hemos traído. Y mi sorpresa se trocó en gozo cuando vi que no se detenían en aquellas últimas que mi señor el Conde nos dio a conocer, sino que las continuaban de esta manera:

Como marmota roncaba,

como discreto dormía,

y como varón soñaba;

y el pantalón se le alzaba

por do más pecado había.


Y un alguacil rezongón,

ceñudo, torvo y con saña

díjole: “Mi señor don,

ate usté esa perversión

que ya tenemos cucaña".


Y ve Pedro, pensativo,

que no les saldrá de balde

acto tan provocativo;

pero ¿harán preso a Dativo

siendo el calvorota alcalde?
   Tercia el aludido Maese Pedro






   Caros discretos: no suelo atender los tarareos de hogaño, harto serviles al transistor y sus principales, pero puesto en alerta por los curiosos hallazgos de vuesas mercedes, he parado en atender el canturreo de una moza cajera del mercadona, que, sorprendida pero halagada, ha tenido a bien repetirme estas quintillas que parecen (sólo parecen) ultimar las aventuras de noche tan famosa como cantada:

Por suerte en la relación

deste acusado desastre

faltaba entrar en acción

fémina moderación,

¡no se nos castre al pollastre!


Muy fina ella, Isabel,

por no meter la nariz

en asuntos de cimbel,

puso al gato el cascabel,

-donosa como Dombriz-


desviando la atención

do más algarada había:

"¿No son aquellos, por Dios,

los hijos del regidor?

Corra a callarlos usía,


pues no es hora de crianzas";

Y así acabó la canción,

termináronse las chanzas...

Y de todos las andanzas

cada cual en su jergón.




Ultima el Conde:

   ¡Por mi santiguada que las quintillas ya son famosas en todo el reino de su Católica Majestad! Andaba yo hace un par de días por la hermosa Pamplona, y al hacer mi obligada parada en la terraza del Café Iruña, mantuve este diálogo con el mozo que me servía mi jarra de cerveza helada:
-¿Viene de lejos el señor?
-De Madrid vengo.
-¿De la Villa y Corte? ¿Y no sabrá decirme, por ventura, si son ciertas las andanzas de cuatro esforzados madrileños que andan en coplas por estos pagos? El ciego aquel -dijo apuntando a un mendigo parado junto al imponente castillo musical de la plaza- no cesa de cantarlas.
   Mi asombro fue, al escuchar el monótono recitado del ciego, que no solo se ajustaban como de molde a las rescatadas aquí por micer Ferrán, por maese Pedro y por mí, sino que agregaban otras cuatro que se me antojan de la misma mano que las anteriores, pues retoman el hilo donde se había quedado. De hecho, paréceme que son el broche de la historia. Vuesas Mercedes, doctos cofrades, dirán si son o no son las últimas.


Por un guiño del destino,
Dativo la pena evade
y se vuelve por do vino*,
que el alcalde es su cofrade
en la secta de Calvino.

A la par, con Isabel,
Pedro deja San Martín;
y aunque han escrito "Motel",
el navegador infiel
para en Mota su trajín;

do a Santiago (que comercia
con musas desde maitines)
le han echado los mastines,
que en la Tercia no se tercia
adoctrinar con latines.

¡Oh, qué cíclica derrota!
¡Los cuatros juntos al fin
tras la alegre chirigota
entre San Martín y Mota,
entre Mota y San Martín!








*Hacía en este punto de su recitado, el desvergonzado invidente, un ostentoso gesto de empinar el codo.